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EL VUELO DEL ASTRÓNOMO, UN RELATO DEL UNIVERSO "MUNDO URRACA"

EL VUELO DEL ASTRÓNOMO, UN RELATO DEL UNIVERSO "MUNDO URRACA"

EL VUELO DEL ASTRÓNOMO, UN RELATO DEL UNIVERSO "MUNDO URRACA"

El vuelo del Astrónomo

Primera parte

Amanece en aquel prado azul metálico con el canto de los pájaros. Como cada día el anciano se despereza levantando los brazos mientras observa el sol que despunta en el horizonte. El Astrónomo llegó a aquella pradera hace muchos años, a principios de invierno según pudo deducir por la posición de la constelación de Orión en el cielo. Simplemente apareció allí, con la mente en blanco y tan sólo recordando los nombres de las estrellas.

Armado con un trozo de carbón y pergaminos de papiro el Astrónomo llevaba años estudiando el movimiento del planeta. Según había podido deducir el Sol salía por el oeste o por el este y se ponía también por un lado o por otro, aunque podía hacerlo por el norte o por el sur. La Luna a veces estaba y a veces no y podía calcular mediante una fórmula matemática muy compleja cuándo esa Luna estaría sonriendo y cuándo triste. Gracias a los mapas que había ido trazando el mundo debía tener por lo menos diez kilómetros de longitud de una punta a otra y el suelo siempre siempre estaba bajo sus pies.

No escapaba a su inteligencia que tanto el cielo como el suelo eran del mismo color y naturaleza por lo que, aplicando la lógica más elemental, lo que hubiera aquí estaría también allí. Así, en el cielo limpio de verano había podido observar otros mundos y a otros astrónomos mirando hacia él y llevaba años buscando un método para comunicarse con ellos.

A pesar de todas sus investigaciones y grandes descubrimientos el Astrónomo no podía compartir sus conocimientos. Porque aquel anciano era la única persona sobre la Tierra. Nadie más había allí aunque en sueños, entre estrellas y planetas, había soñado mil veces con escenas de una vida que no recuerda, con otras personas que debería conocer y otros lugares lejanamente familiares. Soñaba con bosques cuajados de setas y con niños correteando entre sus troncos caídos, con el desierto de arena y las tormentas y con bestias enormes como montañas. Las caras de todas aquellas personas que aparecían en sus sueños estaban ocultas por la niebla, no reconocía a nadie y jamás volvería a hacerlo.

Su mente de científico borró rápidamente sus sueños y se centró en el nuevo día que acababa de llegar. Hoy haría una gran exploración. Anduvo unos pasos hasta el lugar en el que se encontraba su último invento, un aparato de vuelo de tecnología punta. Lo llamaba la Cosa para volar, un nombre que describía a la perfección aquel prodigio de la técnica. Se había inspirado en los pájaros y en las libélulas pero también en los ratones de campo pues aunque éstos no vuelan pesan muy poco.

No había tiempo que perder. Acababa de amanecer y sólo podría volar durante las horas de luz. El Astrónomo se colocó el cinturón que le sujetaría al aparato, comprobó que todo estuviera en su sitio y tiró de la palanca que abría las alas. La cosa para volar funcionaba como una cometa, debía elevarse en el aire gracias al viento mientras permanecía atada a una piedra del suelo cuidadosamente seleccionada con el tamaño y forma de un pomelo. Susurró “uno, dos y tres”, dio un salto y una ráfaga de viento proveniente de las montañas puso al Astrónomo en órbita… las delgadas alas del artilugio se tensaron con fuerza, las correas resistieron. Estaba volando como los pájaros y las libélulas. A medida que ascendía metros y metros el viento movía su barba y le hacía cosquillas bajo la túnica mientras el sol de la mañana calentaba su rostro.

Desde el cielo se podía ver el bosque y los riachuelos, las estimaciones sobre el tamaño del mundo parecían ser correctas pensó. El Astrónomo iba girando el aparato para tener una perspectiva general pero sin dejar de tomar notas en ningún momento. Seis grados al oeste la luna sonreía, diez grados al sur un perro corría detrás de un sapo, doce grados al norte otro astrónomo lo miraba mientras se rascaba la cabeza, dos grados al este una nube con forma de nube permanecía quieta.

Le quedaban aún varias horas de observación y si la piedra con forma de pomelo soportaba la tensión conseguiría bajar de allí sin problemas. Antes de proseguir su experimento el Astrónomo apuntó en su libreta “mañana iré a ver quién es ese otro astrónomo que me observa doce grados al norte”.

Carlos X. Díaz 

Mundo Urraca, un cómic infantil escrito por Carlos X. Díaz e ilustrado por Guillermo Monje.

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Martes, Junio 20, 2017 - 12:18

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